El Corsario Negro
El Corsario Negro —SÃ: y también veo que la atmósfera comienza a enturbiarse. Estos son los sÃntomas de los tremendos huracanes de las Antillas.
—Verdad, capitán.
—¡Tendremos que perder nuestra presa!
—¿Me permitÃs daros un consejo, señor?
—¡Hablad, Morgan!
—Enviad la mitad de la tripulación al barco español.
—Creo que tenéis razón. SentirÃa, por mis gentes, que ese hermoso barco fuese a parar al fondo del océano.
—¿Dejaréis en el barco a la duquesa?
—¿La joven flamenca? —dijo el Corsario, arrugando la frente.
—A bordo de El Rayo estará mejor que allÃ.
—¿SentirÃais que se ahogase? —preguntó el Capitán, volviéndose de repente hacia Morgan y mirándole con fijeza.
—Lo que pienso es que esa duquesa puede valer unos cuantos miles de piastras.
—¡Ah! ¡Es verdad! ¡Tiene que pagar su rescate!
—¿Queréis que mande que la trasborden antes que lo impidan las olas?
El Corsario no contestó. Paseaba por el puente, como si le preocupara algún grave pensamiento.