El Corsario Negro
El Corsario Negro Se detuvo un instante y, señalando a la joven duquesa, que seguÃa en el mismo sitio, continuó:
—¿Qué me decÃs de esa muchacha?
—Que es una de las criaturas más hermosas que se han podido ver en estos mares de las Antillas.
—¿Y no os darÃa miedo?
—¿Esa muchacha? ¡No por cierto!
—¡Pues a mÃ, sÃ!
—¿A vos? ¿Al que llaman el Corsario Negro? ¡Queréis bromear, Comandante!
—¡No! —contestó el filibustero—. A veces leo en mi Destino; y, además, una zÃngara de mi paÃs me predijo que la primera mujer a quien quisiera me serÃa fatal.
—¡No hagáis caso, Capitán!
—Pero ¿qué dirÃais si añadiese que aquella zÃngara predijo a mis hermanos que uno morirÃa en un asalto, por obra de una traición, y que los otros concluirÃan en la horca? Ya sabéis que tan fúnebre profecÃa se ha realizado.
—¿Y vos?
—Que morirÃa en el mar y lejos de mi patria, por causa de la mujer amada.
—By God! —murmuró Morgan estremeciéndose—. ¡Pero esa zÃngara pudo haberse equivocado respecto del cuarto hermano!
—¡No! —dijo con voz tétrica el Corsario.