El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Retiraos, señora! —dijo el Corsario, que se habÃa puesto más pálido que de costumbre.
En lugar de obedecer, la animosa flamenca subió a la toldilla, la atravesó, siempre agarrada a la barra de la obra muerta, y se metió por entre la amura y la popa de la chalupa grande, que habÃa sido izada a bordo por las grúas con objeto de impedir que se la llevasen las olas.
El Corsario le suplicó otra vez que se retirase; pero ella le contestó con la cabeza haciendo un enérgico movimiento de negativa.
—¡Pero es que está aquà la muerte! —volvió a decirle—. ¡Volveos a la cámara, señora! ¿Qué es lo que venÃs a hacer aquÃ?
—¡Vengo a admirar al Corsario Negro!
—¡SÃ, y a que os arrebaten las olas!
—¿Qué os importa eso?
—¡Pero yo no deseo vuestra muerte! ¿Me comprendéis, señora? —gritó el Corsario con un acento en el cual se sentÃa vibrar por primera vez un Ãmpetu apasionado.
La joven sonrió; pero no se movió. Refugiada en aquel sitio, dejaba que el agua que saltaba sobre cubierta la bañase, sin apartar los ojos del Corsario.