El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Este comprendió que era inútil insistir: quizá se alegraba de ver tan cerca de sí a la animosa joven que, desafiando la muerte, había subido para admirar su audacia. Cuando el huracán dio al barco un momento de tregua, volvió los ojos hacia la duquesa, y casi involuntariamente le sonreía. Seguramente se admiraban ambos.

Cuantas veces la miraba, otras tantas se encontraban sus ojos con los de ella, que adquirieron la misma expresión que por la mañana en la proa del barco de línea.

Pero aquellos ojos, de los cuales fluía una fascinación misteriosa, producían en el intrépido filibustero una turbación que él mismo no podía explicarse. Aun cuando no la miraba, sentía que ella no le perdía de vista un solo momento, y no podía resistir al deseo de volver la cabeza hacia el sitio que ocupaba la dama.

Hubo un instante en que las olas se volcaron con mayor ímpetu sobre El Rayo. Tuvo miedo de sentirse trastornado por aquella mirada, y gritó:

—¡No me miréis así, señora! ¡Nos jugamos la vida!

Aquella inexplicable fascinación cesó en el acto. La joven cerró los ojos, bajó la cabeza y se tapó el rostro con las manos.


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