El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El Rayo encontrábase entonces cerca de las playas de Haití. A la luz de los relámpagos se veían dibujarse las altas costas, flanqueadas por peligrosas escolleras, contra las cuales el buque podía hacerse pedazos.

La voz del Corsario resonó entre los mugidos de las olas del viento.

—¡Una vela de recambio en el trinquete! ¡Afuera los foques! ¡Atención a la virada!

Aun cuando el viento agitaba el mar hacia las costas meridionales de Cuba, estaba espantoso también cerca de las de Haití. Oleadas de fondo, de quince o dieciséis metros de altura, se formaban en derredor de las escolleras, produciendo terribles contraolas.

Pero El Rayo no cedía. Se había desplegado la vela de recambio en el penol del trinquete, y se habían recogido los foques colocados en el bauprés: el barco bogaba bajo la costa como un steamer lanzado a todo vapor.

De cuando en cuando, las oleadas le volcaban de un modo impetuoso, ya sobre babor, ya sobre estribor; pero por medio de un vigoroso golpe de barra, el Corsario lo levantaba, poniéndolo en buen camino.

Por fortuna, el huracán, que hacía tiempo había llegado a su mayor intensidad, comenzaba a disminuir en violencia, pues, por lo general, esas tremendas tempestades duran pocas horas.


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