El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Las nubes se rompían en varios sitios, dejando entrever alguna estrella, y el viento no soplaba con el ímpetu de antes. A pesar de eso, el mar seguía borrascosísimo. Tenían que transcurrir muchas horas antes de que aquellas olas, lanzadas por el Atlántico sobre el gran Golfo, se calmasen.

Durante toda la noche luchó el barco desesperadamente con las olas, que le acometían por todas partes, logrando rebasar victoriosamente el canal de Barlovento y abocar al trozo de mar comprendido entre las grandes Antillas y la isla de Bahama.

Al amanecer, y cuando el viento cambió de Levante al Septentrión, se encontraba El Rayo casi frente al cabo haitiano.

El Corsario Negro, que debía de hallarse rendido por tan larga lucha, y que tenía los vestidos empapados de agua, así que vio el pequeño faro de la ciudadela del Cabo, entregó la rebola del timón a Morgan, y dirigiéndose hacia la gran chalupa, al lado de la cual se hallaba acurrucada la joven flamenca, le dijo:

—¡Venid, señora! ¡También yo os he admirado, pues creo que no haya mujer alguna que, como vos habéis hecho, afrontase la muerte por ver cómo mi barco luchaba con el huracán!

La joven se levantó, sacudió el agua que le había empapado la ropa y los cabellos, miró al Corsario sonriendo, y dijo:


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