El Corsario Negro
El Corsario Negro —Puede ser que no se atreviese mujer alguna a subir a cubierta; pero puedo decir que yo sola he visto al Corsario Negro guiar su nave en medio de uno de los más tremendos huracanes, y admirado su audacia y su vigor.
El filibustero no contestó. Permaneció delante de ella, mirándola con los ojos brillantes, al paso que su frente se oscurecÃa.
—¡Sois una mujer valerosa! —murmuró, pero en voz tan queda, que solamente ella pudo oÃrle.
En seguida, lanzando un suspiro, añadió:
—¡Qué lástima que hayáis de ser una mujer fatal, según la profecÃa de la zÃngara!
—¿De qué profecÃa habláis? —le preguntó la joven con estupor.
En vez de contestar, el Corsario movió tristemente la cabeza, murmurando:
—¡Son locuras!
—¿Sois supersticioso, caballero?
—¡Quizá!
—¿Vos?
—¡Ah! ¡Hasta ahora, las predicciones de la zÃngara se han realizado, señora!
Miró a las olas que iban a estrellarse contra el costado del barco lanzando sordos mugidos, y mostrándoselas a la joven, añadió tristemente: