El Corsario Negro
El Corsario Negro La Tortuga prosperó rápidamente y se convirtió en refugio de todos los aventureros de Francia, de Holanda, de Inglaterra y de otras naciones, especialmente bajo la dirección de Beltrán de Ogeron, mandado por el gobierno francés como gobernador.
Al estallar la guerra con España, los filibusteros comenzaron sus primeras audaces empresas, asaltando con valor desesperado todas las naves españolas que podían sorprender.
Al principio sólo tenían miserables chalupas, en las cuales apenas podían moverse, pero más tarde tuvieron naves excelentes apresadas a sus eternos enemigos.
Como no tenían cañones, eran los bucaneros los que se encargaban de equilibrar las fuerzas, y al ser, como se ha dicho, infalibles tiradores, bastaban pocas descargas para destruir las tripulaciones españolas.
Su audacia era tal que se atrevían a enfrentarse con los más grandes buques, saltando al abordaje con auténtico furor. Ni la metralla, ni las balas, ni la más terca resistencia los detenía. Eran verdaderos desesperados, despreciadores del peligro, a los que no les preocupaba la muerte; auténticos demonios y como tales los consideraban ingenuamente los españoles, creyéndolos seres infernales.