El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Dicho esto, esperó a que amainasen las velas, y llevado a tierra el cable de amarra y transcurrida media hora, descendió a la cámara, donde se encontraba la joven flamenca dispuesta para desembarcar.

—Señora —le dijo—, os espera una chalupa para conduciros a tierra.

—Estoy dispuesta a obedecer, caballero —contestó ella—. Soy vuestra prisionera, y no he de oponerme a lo que ordenéis.

—No, señora; ya no sois prisionera.

—¿Cómo es eso, señor? Yo no he pagado mi rescate todavía.

—El rescate ha ingresado ya en la caja de la tripulación.

—¿Y quién lo ha pagado? —preguntó la duquesa—. Todavía no he avisado mi prisión al marqués de Heredia ni al gobernador de Maracaibo.

—Ciertamente; pero ha habido quien se ha encargado de pagar vuestro rescate —contestó sonriendo el Corsario.

—¿Vos quizá?

—Bien; ¿y si hubiera sido yo?

La joven flamenca se quedó silenciosa, y al cabo dijo con voz conmovida:

—Es una generosidad que no creía encontrar en los filibusteros de las Tortugas; pero que no me sorprende si el que la ha realizado se llama el Corsario Negro.


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