El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—Señora, permitidme que os ofrezca hospitalidad en mi casa, que pongo por entero a vuestra disposición. Moko, Carmaux y Wan Stiller os conducirán hasta ella y permanecerán a vuestro servicio.

—¡Pero, caballero, una palabra! —balbució la duquesa.

—¡Sí, ya comprendo! ¡Después hablaremos del rescate!

Y sin escuchar más salió presuroso, seguido de Morgan; atravesó la cubierta y tomó puesto en una chalupa tripulada por seis marineros.

Se sentó en la popa y asió la barra del timón; pero en lugar de dirigir la embarcación hacia el fondeadero, cerca de donde los filibusteros reanudaban sus orgías, puso la proa a un pequeño seno o rada que se extendía al Este del puerto, entrándose por un bosque de palmeras de gigantescas hojas y de alto y elegante tronco. Descendió en la playa, hizo seña a sus hombres para que volvieran a bordo y se metió por entre los árboles, tomando por un senderillo apenas perceptible.

Como de costumbre, y sobre todo cuando estaba solo, había vuelto a su actitud pensativa; mas sus pensamientos debían de ser tormentosos, porque de cuando en cuando se detenía, o hacía con las manos un signo de impaciencia o de amenaza, y agitaba los labios como si hablara consigo mismo.


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