El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Habíase internado bastante trecho en el bosque, cuando una voz alegre, que tenía un acento ligeramente burlón, le sacó de sus meditaciones.

—¡Que me coman los caribes si no tenía la seguridad de que había de encontrarte, caballero! ¿Te da miedo la alegría que reina en las Tortugas, para que hayas decidido venir a mi casa por el bosque?

El Corsario había levantado vivamente la cabeza, en tanto que, por costumbre, llevó la diestra a la empuñadura de la espada.

Un hombre de estatura más bien baja, vigoroso, de facciones rudas y ojos penetrantes, vestido como un simple marinero, armado con un par de pistolas y un sable de abordaje, salió de un grupo de plátanos, cortándole el paso.

—¿Eres tú, Pedro? —preguntó el Corsario.

—¡El Olonés en carne y hueso!

En efecto; aquel era el famoso filibustero, el más formidable depredador del mar y el enemigo más despiadado de los españoles.

Aquel corsario, que, como hemos dicho, terminó su magnífica carrera entre los dientes de los antropófagos del Darién (huyendo de los españoles), no tenía en aquella época más de treinta y cinco años.


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