El Corsario Negro
El Corsario Negro —Te darÃa más si no hubiese tenido que pagar esta mañana un gran rescate.
—¡Un rescate! ¿Y por quién?
—Por una gran dama que ha caÃdo en mis manos. El rescate pertenecÃa a mi tripulación, y se lo he dado.
—¿Y quién es esa dama? ¿Alguna española?
—No; una duquesa flamenca; pero que, seguramente, debe de estar emparentada con el Gobernador de Veracruz.
—¡Flamenca! —exclamó el Olonés pensativo—. ¡También es flamenco tu mortal enemigo!
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó el Corsario, que se habÃa puesto muy pálido.
—Pensaba que podrÃa ser pariente de Wan Guld.
—¡No lo quiera Dios! —exclamó con voz casi ininteligible el Corsario—. ¡No; no es posible!
El Olonés se detuvo bajo un grupo de maots, árboles muy semejantes a los del algodón, y miró atentamente a su compañero.
—¿Por qué me miras? —le preguntó este.
—Pensaba en tu duquesa flamenca, y me preguntaba el motivo de tu repentina agitación. ¿Sabes que estás lÃvido?
—Tu sospecha hizo que afluyera a mi corazón toda mi sangre.
—¿Qué sospecha?
—¡Que esa mujer pudiera estar emparentada con Wan Guld!