El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Y qué te importarÃa si asà fuese?
—¡He jurado matar a todos los Wan Guld de la Tierra y a todos sus parientes!
—¡Bueno; pues con matarla, está todo concluido!
—¡A ella! ¡Oh, no! —exclamó con terror el Corsario.
—Entonces, eso quiere decir… —dijo vacilante el Olonés.
—¿Qué?
—¡Por los arenales de Olona! ¡Quiere decir que estás enamorado de tu prisionera!
—¡Calla, Pedro!
—¿Por qué he de callar? ¿Acaso es vergonzoso para los filibusteros querer a una mujer?
—¡No; pero presiento instintivamente que me será fatal esa muchacha, Pedro!
—En ese caso, abandónala a su suerte.
—¡Es demasiado tarde!
—¿La amas mucho?
—¡Locamente!
—Y ella, ¿te quiere?
—¡Eso creo!
—¡Una hermosa pareja, a fe mÃa! ¡El señor de Boccanera no podÃa emparentar sino con una mujer de alto bordo! Eso es una fortuna muy rara en América, y mucho más para un filibustero. ¡Andando! ¡Vamos a beber una copa a la salud de tu duquesa, amigo mÃo!