El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El Corsario ya estaba lejos cuando el Olonés concluyó de decir esto. Entró por otro sendero e internóse en el bosque que se extendía por detrás de la ciudadela ocupando una buena parte de la isla. Entrelazaban sus ramas las magníficas palmeras llamadas maximilianas, las gigantescas mauritias, cuyas hojas están dispuestas en abanico, y las rígidas, como si fuesen de cinc, de los jupati o bossu, y bajo estos colosos de la familia de las palmeras crecían profusamente los arbustos, preciosos por su aspecto, que producen ese líquido picante y dulzón conocido en las orillas del golfo de México con el nombre de aguamiel, y de mezcal si está fermentado, la vainilla silvestre de largas pepitas y el pimiento.

El Corsario, absorto en sus pensamientos, no se detenía a contemplar vegetación tan espléndida. Apresuraba el paso, y parecía impaciente por llegar al fin de su camino.

Media hora después se detuvo de pronto en las lindes de una plantación de elevadas cañas de color amarillo rojizo, que bajo los rayos del sol, próximo a ocultarse, tenían reflejos de púrpura, sobre todo las largas hojas que pendían casi hasta tocar la tierra y que ceñían un fuste sutil, el cual terminaba en lindísimo penacho blanco exornado por delicada franja, cuyos colores variaban entre el cerúleo y el rubio.

Era una plantación de caña de azúcar ya en plena madurez.


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