El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El Corsario se detuvo un instante; pero en seguida se metió por entre las cañas, y después que hubo atravesado aquel trozo de terreno en cultivo, volvió a detenerse ante una linda vivienda erigida entre algunos grupos de palmeras, que la sombreaban por completo.

Era una casita de dos pisos, muy parecida a las que aún se construyen hoy día en México, con los muros pintados de rojo, decorados con azulejos dispuestos formando dibujos, y con una terraza llena de tiestos de flores.

Una cuiera desmesurada, planta gigantesca que tiene hojas muy largas y que produce una fruta reluciente de color verde pálido y de forma esférica, de la cual hacen vasos los indios pobres, envolvía por completo la casa, cubriendo la terraza y las ventanas.

Ante la puerta de la casa hallábase Moko, el coloso africano, que fumaba plácidamente sentado una pipa vieja, regalo acaso de su amigo el compadre blanco.

El Corsario estuvo inmóvil un instante, mirando primero a la ventana y después a la terraza; al cabo hizo un gesto de impaciencia y se dirigió hacia el africano, que se levantó al verle.

—¿Dónde están Carmaux y Wan Stiller? —le preguntó.

—Han ido al puerto a ver si tenían allí alguna orden vuestra —contestó el negro.

—¿Qué hace la duquesa?


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