El Corsario Negro
El Corsario Negro —Disponiendo la mesa para usted.
—¿Para mÃ? —preguntó el Corsario, cuya frente se aclaró rápidamente, como si un fuerte golpe de viento hubiera dispersado la nube que la cubrÃa.
—TenÃa la seguridad de que vendrÃais a cenar con ella.
—¡Realmente, me esperan en otra parte; pero prefiero mi casa y su compañÃa a la de aquellos filibusteros! —murmuró.
Se metió en la casa enfilando una especie de corredor adornado con tiestos, cuyas flores exhalaban delicados perfumes, y salió por la otra parte a un jardÃn espacioso rodeado de altas y sólidas murallas, capaces de ponerla a cubierto de cualquier escalamiento.
Si linda era la casa, pintoresco era el jardÃn. Preciosos senderos formados por dobles filas de plátanos, cuyas grandes hojas de color verde oscuro producÃan una deliciosa y fresca sombra, cargados ya de reluciente fruta en forma de racimos, se extendÃan por todas partes, dividiendo el terreno en varios cuadros, en los cuales crecÃan las más espléndidas flores de los trópicos.