El Corsario Negro
El Corsario Negro En los ángulos levantábase la magnífica persea, que produce una fruta verde del tamaño de un limón y cuya pulpa, regada con jerez y espolvoreada con azúcar, está exquisita; en otras partes veíanse passifloras, que también producen ricas frutas del volumen de un huevo de ánade, y que contienen una sustancia gelatinosa de gratísimo sabor; además lucían sus bellezas las graciosas cumarúes, cuyas purpurinas flores exhalan un aroma muy suave, y ciertos arbustos de la familia de las palmeras llenos de almendras colosales, pues algunas llegan a tener hasta sesenta y ochenta centímetros. El Corsario enfiló un sendero, y sin hacer ruido se aproximó a una especie de cenador formado por una cuiera tan grande como la que envolvía la casa y situada bajo la espesa sombra de un jupati del Orinoco, palmera maravillosa cuyas hojas alcanzan una longitud de once metros.
A través de las hojas de la cuiera brillaban chispazos de luz y se oían argentinas risas.
El Corsario se había detenido a corta distancia y miraba por entre la espesura del follaje.
En aquel pintoresco retiro estaba preparada una mesa cubierta por blanquísimo mantel de Flandes.
En derredor de los candeleros, y dispuestos con artístico gusto, veíanse grandes ramos de flores, y en derredor, pirámides de exquisitas frutas, como ananas, plátanos, nueces verdes de coco y paphuna, especie de albérchigo que se come cocido con agua y azúcar.