El Corsario Negro

El Corsario Negro

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La duquesa hallábase colocando las flores y frutas ayudada por las mestizas.

Vestía un traje de color azul celeste con encajes de Bruselas, que hacían resaltar doblemente la blancura de su epidermis y el delicado matiz de sus rubios cabellos, los cuales llevaba recogidos en una trenza que le caía por la espalda. No lucía ninguna joya, al revés de lo acostumbrado por las norteamericanas, entre quienes debía de haber vivido largo tiempo; pero adornando el níveo cuello veíase un doble hilo de grandes perlas que cerraba una esmeralda.

El Corsario Negro se extasiaba mirándola. Sus ojos, animados por una luz vivísima, la observaban atentamente y seguían sus más pequeños movimientos. Parecía deslumbrado por aquella belleza del Norte, pues casi no se atrevía a respirar por miedo a romper el encanto. De pronto hizo un movimiento y rozó las hojas de una palmerilla que crecía al lado del cenador.

Al oír el ruido de las hojas, la joven flamenca se volvió y vio al Corsario.

—¡Ah! ¿Sois vos, caballero? —exclamó alegremente.

Y mientras el Corsario se quitaba galantemente el sombrero, haciendo una graciosa inclinación, añadió:

—¡Os esperaba; la mesa está dispuesta para la cena!


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