El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Me esperabais, Honorata? —preguntó el Corsario besando la mano que le alargaba la joven.
—¡Ya lo veis, caballero! Aquà está un pedazo de lamantino y una cacerola de pájaros y pescados que no esperan otra cosa sino que vengáis a comerlos. ¡Yo misma he vigilado el guiso!
—¿Vos, duquesa?
—¿Por qué os asombra? Las mujeres flamencas tienen costumbre de preparar por sà mismas la comida para sus huéspedes y para su marido.
—¿Y me esperábais?
—¡SÃ, caballero!
—Sin embargo, yo no os habÃa dicho que tendrÃa la envidiable fortuna de cenar en vuestra compañÃa.
—Es verdad; pero a veces el corazón de las mujeres adivina las intenciones de los hombres, y el mÃo me decÃa que vendrÃais esta noche —dijo ella ruborizándose.
—Señora —dijo el Corsario—, habÃa prometido a uno de mis amigos que irÃa a cenar con él; pero ¡por Dios vivo, ya puede esperarme cuanto quiera, pues no renuncio al placer de pasar la velada con vos! ¡Quién sabe! ¡Quizá sea la última vez que nos veamos!