El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Apenas habéis desembarcado y ya pensáis en huir? ¡Cualquiera dirÃa que os da miedo la tierra!
—Amo al mar, duquesa; y, además, no será permaneciendo aquà como logre encontrar a mi mortal enemigo.
—Pensáis siempre en él, por lo visto.
—¡Siempre; y no dejaré de pensar hasta que uno u otro hayamos muerto!
—¿Y es para combatirle por lo que os marcháis?
—¡Pudiera ser!
—¿Y adónde vais? —preguntó la joven con una ansiedad que no pasó inadvertida para el Corsario.
—No puedo decirlo, señora; no puedo descubrir los secretos del filibusterismo. Hasta hace pocos dÃas habéis sido huésped de los españoles de Veracruz, y en Maracaibo tenéis conocimientos.
La joven flamenca arrugó el entrecejo y miró al Corsario con ojos severos.
—¿Desconfiáis de m� —preguntó con tono de dulce reconvención.
—No, señora. ¡Dios me libre de sospechar de vos! Pero tengo que obedecer a las leyes por las que se rige el filibusterismo.
—¡Me disgustarÃa mucho que el Corsario Negro hubiese podido dudar de mÃ! ¡Os he conocido muy leal y muy caballero para que tal cosa pasara!
—¡Gracias por la buena opinión que os merezco, señora!