El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Cómo vuela el tiempo a vuestro lado, señora! —dijo—. ¿Qué misteriosa fascinación es la que poseéis para hacerme olvidar que todavÃa tengo que resolver asuntos muy graves? ¡CreÃa que no serÃan más de las ocho y son las diez!
—Yo pienso, caballero, que, más que nada, habrá sido el placer de descansar un momento en vuestra casa, después de tantas correrÃas por el mar, lo que os ha hecho tan agradable este rato de sosiego —dijo la duquesa.
—¡O vuestros bellos ojos y la amable compañÃa de vuestra persona!
—¡En ese caso, caballero, la suya es la que me ha hecho pasar algunas horas deliciosas, que podrÃamos quizá volver a gozar en este poético jardÃn, lejos del mar y de los hombres! —añadió ella con profunda amargura.
—¡La guerra mata a veces; pero también da la fortuna!
—¡La guerra! ¿Y no contáis con el mar? ¡El Rayo no siempre saldrá vencedor contra las olas del gran golfo!
—¡Mi nave no teme a las tempestades si soy yo quien la guÃa!
—¿Es decir, que volveréis pronto al mar?
—Mañana al amanecer, señora.