El Corsario Negro
El Corsario Negro Se sentaron uno frente a otro, y las mestizas empezaron a servir la mesa. El Corsario estaba amabilísimo, y hablaba haciendo gala de gran ingenio y de mucha cortesía. Dirigíase a la joven duquesa con la gentileza de un perfecto caballero, le daba informes acerca de los usos y costumbres de los filibusteros y de los bucaneros, de sus prodigiosas expansiones y fiestas, de sus extraordinarias aventuras; describíale batallas, abordajes y naufragios, pero sin aludir en lo más mínimo a la próxima expedición que iba a emprender en compañía del Olonés.
La joven flamenca escuchaba sonriéndole, admirando su exquisita, su extraña locuacidad y su amabilidad, sin apartar de él los ojos un momento. Mas parecía preocuparla una idea fija, una invencible curiosidad, porque al contestarle volvía siempre sobre lo de la expedición.
Hacía dos horas que había caído la noche, y la luna se elevaba por encima de la arboleda, cuando el Corsario se levantó.
En aquel momento se acordó por primera vez de que le esperaban el Olonés y Miguel, y de que tenía que completar la tripulación de El Rayo antes de que amaneciese.