El Corsario Negro
El Corsario Negro —Entonces, ¿me esperaréis? —preguntó el Corsario impetuosamente.
—Haré más, si me lo permitÃs.
—¡Hable usted, señora!
—Os suplicaré que volváis a darme nueva hospitalidad a bordo de El Rayo.
El Corsario no pudo reprimir un movimiento de alegrÃa; pero de pronto se puso tétrico.
—¡No; es imposible! —dijo al cabo con firmeza.
—¿Os causarÃa enojo mi presencia?
—No; pero a los filibusteros, cuando se marchan a una expedición, les está prohibido llevar consigo ninguna mujer. Es verdad que El Rayo es un barco mÃo, que yo soy señor absoluto a su bordo y que a nadie estoy sujeto; pero…
—¡Continuad! —dijo la duquesa, que se habÃa puesto triste.
—No sé por qué, señora; pero tendrÃa miedo si os viese a bordo de mi buque. ¿Es el presentimiento de una desgracia o de otra cosa peor que yo no puedo prever? Mi corazón, en lugar de estremecerse al escuchar ese ruego, ha sentido un dolor cruel. ¿No estoy más pálido que de ordinario?
—¡Es verdad! —exclamó con espanto la duquesa—. ¡Dios mÃo! ¡Os será fatal esa expedición!