El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Acometer a un enemigo con fuerzas superiores, lo reputaban como una bellaquería indigna de hombres fuertes y valerosos, como ellos se creían, y desdeñaban abusar de su poder.

El Olonés mandó que indicasen al Corsario Negro que se pusiera al pairo como los otros barcos, y él se dirigió atrevidamente hacia el buque español, intimándole la rendición incondicional o la lucha, y haciendo saber a sus hombres de proa que, cualquiera que fuese el éxito de la contienda, su escuadra no se movería.

El barco, que ya se veía perdido, pues no podía tener la más pequeña esperanza de salir victorioso contra fuerzas superiores, no se hizo repetir dos veces la intimación; pero, en lugar de arriar el pendón, mandó clavarlo su comandante en lo alto del mástil, y, como respuesta, descargó contra el buque enemigo sus ocho cañones de estribor, haciendo comprender de este modo que no se rendiría sino después de obstinada resistencia.

Se había empeñado la batalla por ambas partes de un modo vigoroso. El buque español montaba dieciséis cañones: pero no tenía más que sesenta tripulantes. El Olonés llevaba otras tantas piezas de artillería; pero, en cambio, doble número de hombres, entre los cuales iban muchos bucaneros, tiradores formidables que decidían muy pronto la suerte de las luchas con sus infalibles tiros.


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