El Corsario Negro
El Corsario Negro »Aquel miserable, olvidando que había jurado fidelidad a la bandera del Duque y que manchaba uno de los apellidos más ilustres de la aristocracia flamenca, se puso secretamente de acuerdo con los españoles para entregarnos a ellos. Un cargo de gobernador en las colonias de América y una gruesa suma de dinero debían ser el precio de tan ignominioso pacto. Una noche, seguido por varios parientes flamencos también, abrió uno de los postigos y dejó libre el paso a los españoles, que se habían acercado sigilosamente a la fortaleza.
»Mi hermano, que hacía la guardia a muy poca distancia en compañía de algunos soldados, se hizo cargo de la entrada de los españoles, y les salió al encuentro, dando la voz de alarma; pero el traidor le esperaba detrás de una esquina del bastión con las pistolas en las manos.
»Mi hermano cayó mortalmente herido y los enemigos entraron impetuosamente en la ciudad.
»Nos batimos en las calles, en las casas; pero todo en vano. Cayó la fortaleza en su poder, y nosotros con gran trabajo pudimos salvarnos, con otros cuantos soldados emprendiendo una retirada precipitada hacia Courtray».
—Dígame usted, señora: ¿perdonaría usted a ese hombre?
—¡No! —contestó la Duquesa.