El Corsario Negro
El Corsario Negro —Nosotros no le perdonamos tampoco. Juramos matar al traidor y vengar a nuestro hermano, y cesado que hubo la guerra, le buscamos por todas partes: primero en Flandes y después en España.
»Asà que supimos que habÃa sido nombrado gobernador de una de las ciudades más fuertes de las colonias americanas, mis hermanos y yo armamos tres buques y zarpamos para el gran golfo, devorados por un deseo inextinguible de castigar al traidor.
»Nos hicimos corsarios. El Corsario Verde, más impetuoso y menos experto, quiso tentar la suerte y cayó en manos de nuestro mortal enemigo, el cual mandó que le ahorcasen como a un ladrón vulgar. Después intentó a su vez lo mismo el Corsario Rojo, y no tuvo mejor fortuna.
»Mis dos hermanos, arrancados de la horca por mÃ, duermen en el fondo del mar, donde esperan mi venganza; ¡y si Dios me ayuda, el traidor caerá en mis manos dentro de dos horas!».
—¿Y qué va usted a hacer con él?
—¡Le ahorcaré, señora! —contestó frÃamente el Corsario—. Después exterminaré a cuantos tienen la desventura de llevar su nombre. ¡Él exterminó mi familia, y yo exterminaré la suya! ¡Lo juré la noche en que el Corsario Rojo descendÃa a los abismos del mar, y cumpliré mi palabra!