El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—Pues ha de saber usted que cuando el Gobernador supo que yo había caído en sus manos y que usted no me había colgado de la rama de un árbol con una cuerda al cuello, para recompensarme mandó que me diesen veinticinco palos. ¡Pegarme a mí, a Don Bartolomé de los Barbosas y Camargo, descendiente de la Nobleza más antigua y linajuda de Cataluña! ¡Caramba!

—¡Concluye!

—He jurado vengarme de ese flamenco, que trata a los soldados españoles como si fueran perros y a los nobles como si fuesen esclavos indios; por eso he esperado a usted. Usted ha venido a matarle; pero él, en cuanto ha visto que el fuerte se rendía, huyó.

—¡Ah! ¿Se ha escapado?

—Sí; pero yo sé a dónde, y le guiaré para que se ponga usted en su pista.

—¿No me engañas? ¡Cuidado, porque si mientes mandaré que te majen los huesos!

—¿No estoy en poder de usted? —dijo el soldado.

—¡Tienes razón!

—Pues estando, como estoy, en poder de usted, puede mandar hacer de mí lo que quiera.

—¡Entonces, habla! ¿Hacia dónde ha huido Wan Guld?

—Hacia el bosque.

—¿Y a dónde quiere ir?

—A Gibraltar.


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