El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Lo has adivinado —dijo Carmaux—, ya que a vosotros os gusta llamarnos asà a los filibusteros!
El español se estremeció fuertemente.
—¡Por ahora, no hay para qué tener tanto miedo! —le dijo, riendo—. ¡Consérvalo para más adelante, cuando bailes en el vacÃo un fandango con el extremo de un buen pedazo de sólida cuerda de cáñamo anudado al cuello!
En seguida, volviéndose hacia el Corsario, que miraba silenciosamente al prisionero, le dijo:
—¿Le mato de un pistoletazo?
—¡No! —contestó el Capitán.
—¿Prefiere usted ahorcarle de una rama de alguno de estos árboles?
—¡Tampoco!
—¡Quizá sea uno de los que han ahorcado a los hermanos de la costa y al Corsario Rojo, mi Capitán!
Ante este recuerdo, una luz terrible iluminó los ojos del Corsario Negro; pero en seguida se extinguió.
—¡No quiero que muera! —dijo con voz sorda—. Vivo puede sernos más útil que ahorcado.
—¡Entonces; le ataremos bien! —dijeron ambos filibusteros.
Se quitaron las fajas de lana roja que llevaban ceñidas a la cintura, y sujetaron fuertemente los brazos del prisionero, sin que este se atreviese a hacer resistencia.