El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Ahora vamos a ver quién eres! —dijo Carmaux.

Encendió un pedazo de mecha de cañón que llevaba en el bolsillo, y lo acercó al rostro del español.

Aquel pobre diablo, que, por desgracia suya, había ido a caer en las manos de los formidables corsarios de las Tortugas, era un hombre que apenas tendría treinta años, largo y flaco como su compatriota Don Quijote; de cara angulosa, cubierta con una barba rojiza; de ojos grises, dilatados por el espanto.

Vestía casaca de piel amarilla y con algunos arabescos, calzones anchos y cortos, a rayas negras y rojas, y calzaba altas botas de cuero negro. En la cabeza llevaba un casco de acero, que adornaba una pluma vieja y casi sin barbas, y de la cintura le pendía una larga espada, cuya vaina estaba muy estropeada por su extremidad.

—¡Por Belcebú, patrón! —exclamó Carmaux riendo—. ¡Si el gobernador de Maracaibo tiene valientes como este, tampoco los mantiene con capones, porque está más seco que un arenque ahumado! ¡Creo, Capitán, que no vale la pena de ahorcarle!

—¡Yo no he dicho que se le ahorque! —contestó el Corsario.

En seguida, tocando al prisionero con la punta de la espada, le dijo:

—¡Si aprecias en algo el pellejo, hablarás!


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