El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡El pellejo ya le tengo por perdido! —contestó el español—. ¡De vuestras manos no sale nadie con vida; y aun cuando yo os hubiese contestado cuanto deseáis saber, seguirÃa pensando que no he de ver el dÃa de mañana!
—¡El español tiene agallas! —repuso Wan Stiller.
—Y su respuesta vale bien su perdón —añadió el Corsario—. ¡Pronto! ¿Vas a hablar?
—¡No! —contestó el prisionero.
—Te he prometido la vida.
—¿Y quién es el que va a creeros?
—¿Quién? Pero ¿sabes quién soy?
—Un filibustero.
—SÃ; pero que se llama el Corsario Negro.
—¡Por Nuestra Señora de Guadalupe! —exclamó el español, que se puso lÃvido—. ¿El Corsario Negro aquÃ? ¿Habéis venido para exterminarnos a todos y vengar la muerte de vuestro hermano el Corsario Rojo?
—¡SÃ, si no hablas! —contestó el filibustero con voz sombrÃa—. ¡Os exterminaré a todos, y de Maracaibo no quedará piedra sobre piedra!
—¡Por todos los santos! ¿Vos aquÃ? —repitió el prisionero, que no habÃa vuelto todavÃa de su sorpresa.
—¡Habla!
—¡Es inútil; me doy por muerto!