El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Aquel obstáculo consistía en un vasto espacio de espinos llamados ansara, que se extendían espesísimos por entre los enormes troncos del bosque. Dichos arbustos espinosos crecen en gran cantidad en medio de las selvas vírgenes de Venezuela y de la Guayana y hacen imposible el camino a los que no llevan defendidas las piernas con gruesas botas o polainas de cuero, pues son tan fuertes las espinas, que atraviesan no tan sólo los paños más duros, sino también algunas veces las suelas de los zapatos.

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Wan Stiller, que era el primero que se había metido por entre aquellos espinos—. ¿Es este el camino del Infierno? ¡Vamos a salir de aquí como San Bartolomé: desollados!

—¡Por el vientre de un tiburón! —aulló Carmaux dando un salto atrás—. ¡Vamos a quedar cojos todos si tenemos que atravesar por este sitio! Los magos del bosque deben poner un cartel que diga: «¡Se prohíbe el paso!».

—¡Bah! ¡Encontraremos otro! —dijo el catalán.

—¡Desgraciadamente, es ya demasiado tarde! ¡Mire usted!

La luz desaparecía rápidamente, casi de pronto, en aquel instante, y profunda obscuridad cayó sobre la selva, envolviéndolo todo.

—¿Se detendrán ellos también? —preguntó el Corsario de nuevo arrugando el entrecejo.


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