El Corsario Negro
El Corsario Negro —Ahà está el sendero que han abierto en la maleza con sus hachas. Cada cual llevaba la suya suspendida del arzón.
—¡Muy bien! —exclamó Carmaux—. De ese modo nos ahorran fatiga y marcharemos con más facilidad.
—¡Silencio! —ordenó el Corsario—. ¿Se oye algo?
—Absolutamente nada —contestó el catalán después de haber escuchado durante algunos instantes.
—Eso quiere decir que están muy lejos. Si estuvieran cerca, podrÃan oÃrse los golpes de las hachas.
—Deben llevarnos una ventaja de cuatro o cinco horas.
—Mucho es; sin embargo, espero que podremos alcanzarlos.
HabÃan entrado ya en aquella especie de sendero abierto por los fugitivos a través de la floresta. No era posible equivocarse, pues las ramas cortadas estaban frescas aún, y se veÃan esparcidas por el suelo.
El catalán y los filibusteros echaron a correr para adelantarse. De pronto la rápida marcha se vio detenida por un obstáculo imprevisto, y que el negro, que iba descalzo, y Carmaux y Wan Stiller, que no llevaban botas altas, no podÃan afrontar sino con grandes precauciones.