El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El catalán alargó los desmesurados brazos delgados como patas de araña, y se izó a una rama muy gruesa, seguido en el acto por todos los demás. De aquella primera rama pasó a otra que se extendía en dirección horizontal, después a una tercera, que ya era aérea por treinta o cuarenta árboles, observando siempre con atención las ramitas y hojas cercanas.

Llegado que hubo en medio de una espesa red de lianas, se dejó caer de pronto al suelo lanzando un grito de triunfo.

—¡Eh, catalán! —exclamó Carmaux—. ¿Has encontrado alguna pepita de oro? ¡Porque se dice que abundan en este país!

—Es un puñal de misericordia, que para nosotros puede tener tanto o más valor.

—¡Bueno, para metérselo al Gobernador en el corazón!

El Corsario Negro, que también se había dejado caer al suelo recogió el puñal, que tenía la hoja corta y cuajada de arabescos, y la punta afiladísima.

—Debe de haberlo perdido el capitán que acompaña al Gobernador —dijo el catalán—. Se lo he visto al cinto varias veces.

—Entonces, han descendido aquí —dijo el Corsario.


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