El Corsario Negro
El Corsario Negro Ayudado por el africano, el catalán movió uno, y vio que los habÃan matado de un navajazo.
—¡Los conozco! —dijo—, son los caballos del Gobernador.
—¿Y hacia dónde habrán huido los jinetes? —preguntó el Corsario.
—Se habrán internado en el bosque.
—¿Ves alguna abertura?
—No; pero… ¡Ah! ¡Los tunantes!
—¿Qué es?
—¿No ve usted esa rama, rota, de la cual todavÃa gotea la savia?
—Bueno, ¿y qué?
—Mire usted allá arriba otras dos: también están rotas.
—SÃ, las veo.
—Pues eso indica que los muy ladinos se han subido a esas ramas y han descendido al otro lado de esta espesura. Nosotros no tenemos que hacer otra cosa que imitarlos.
—Cosa bien fácil para gentes marineras —dijo Carmaux—. ¡Ea, subámonos!