El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¿Has visto algún árbol-granada otra vez? —preguntó Carmaux.

—¡Algo mejor! ¡O mucho me equivoco, o aquella masa la forman los caballos del Gobernador y de su escolta!

—¡Despacio! —dijo el Corsario—. ¡Los jinetes pueden haber acampado por allí cerca!

—¡Lo dudo! —respondió el catalán—. ¡Ya sabe el Gobernador que tiene que habérselas con usted, y habrá sospechado que le perseguiría!

—¡Bueno; pero obremos con prudencia!

Montaron los fusiles, se pusieron uno detrás de otro, y marcharon en fila, con objeto de que no pudiesen herirlos a todos con una descarga repentina. Así siguieron avanzando en silencio, muy encorvados y procurando ocultarse con las ramas bajas de los árboles que se entrelazaban sobre el riachuelo.

Temiendo siempre una sorpresa, el catalán se detenía cada diez o doce pasos para escuchar atentamente y mirar por entre las hojas y las lianas que obstruían ambas orillas.

Marchando de este modo con mil precauciones llegaron a donde yacía aquella masa obscura. No se habían equivocado: eran caballos muertos que habían caído unos al lado de otros, y que quedaron medio sumergidos en las negras aguas del riachuelo.


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