El Corsario Negro
El Corsario Negro Pasada revista a las hierbas y plantas cercanas, por temor a que se escondiera entre ellas alguna serpiente, pues en los bosques venezolanos hay muchas venenosas, pusieron en seguida por obra el excelente consejo tumbándose plácidamente entre las hojas caídas del coloso, en tanto que Carmaux y el africano montaban la primera guardia y velaban por la seguridad de todos.
Desapareció la luz del crepúsculo, que sólo dura unos cuantos minutos en aquellas latitudes, y una obscuridad profunda descendió sobre la enorme selva, haciendo callar de pronto a pájaros y monos.
Un silencio absoluto, medroso, reinó durante algunos instantes, cual si todos los seres de pluma y pelo hubiesen muerto o desaparecido de repente; pero de pronto un concierto extraño, endiablado, resonó en aquella obscuridad haciendo saltar a Carmaux, que no estaba acostumbrado a pasar la noche en medio de los bosques vírgenes. No parecía sino que una traílla de perros hubiera tomado posiciones entre las ramas de los árboles, porque allá en lo alto se oían ladridos, gruñidos y aullidos prolongados, acompañados de cacareos de gallinas gigantescas.