El Corsario Negro
El Corsario Negro El pelotón volvió a ponerse en camino, pero con cautela y sin apresurarse.
Llegaron a un paso muy estrecho abierto entre palmeras elevadÃsimas ligadas caprichosamente entre sà por una verdadera red de lianas, cuando de pronto cayó sobre el español, que iba delante de todos, una masa informe y pesada, derribándole de golpe.
La acometida fue tan rápida, que los filibusteros creyeron en un principio que se habÃa desgajado sobre el desgraciado prisionero alguna rama enorme; pero una especie de rugido lanzado por aquella masa los hizo comprender que se trataba de una fiera.
El catalán dio al caer un grito de terror; en seguida se revolvió rápidamente, procurando desembarazarse de aquella masa, que le tenÃa como clavado en tierra impidiéndole levantarse.
—¡Socorro! —gritó—. ¡El jaguar me desgarra!
Pasado el primer momento de estupor, el Corsario se lanzó en socorro del pobre hombre con la espada en alto. Rápido como el rayo alargó el brazo y clavó la hoja en el cuerpo de la fiera; al sentirse herida, esta abandonó al catalán, y se volvió hacia su nuevo adversario, intentando echársele encima.
El Corsario se habÃa retirado con un movimiento instintivo mostrando la brillante punta de la espada, en tanto que prestamente se cubrÃa con la capa el brazo izquierdo.