El Corsario Negro
El Corsario Negro El gran bosque, poco antes silencioso, se llenó entonces de rumores extraños. Millares y millares de sapos, ranas y parranecas hacían oír su voz, produciendo un ruido ensordecedor. Se oían ladridos, mugidos interminables, rechineos prolongados, como si estuviesen en movimiento cientos de carretas; gargarismos que semejaban el ruido que podrían producir miles de enfermos que se bañasen la garganta; después se sucedían furiosos hachazos, cual si un ejército de leñadores se ocultara en la espesura, y miles de sonidos semejantes a los que producirían millares de sierras mecánicas.
Otras veces, de tiempo en tiempo y desde los árboles, se oía de improviso un estallido de silbidos agudos que obligaban a levantar la cabeza a los filibusteros.
Los daban ciertos lagartos de pequeñas dimensiones, pero dotados de tan poderosos pulmones, que podían hacer competencia a los silbatos de nuestras locomotoras.
Comenzaban las estrellas a palidecer y el alba rompía las tinieblas, cuando se oyó en lontananza una débil detonación, que no podía confundirse con los gritos de las ranas.
El Corsario se levantó bruscamente.
—¿Un tiro de fusil? —preguntó mirando al catalán, el cual también se había levantado.
—¡Eso parece! —respondió este.
—¿Lo habrán disparado los que vamos persiguiendo?