El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Los tucanes, de enorme pico, tan grueso como su cuerpo y tan frágil que obliga a esos pobres pájaros a arrojar al aire la comida esperando que les caiga dentro para deglutirla, comenzaron a revolotear por encima de la copa de los árboles, dando desagradables chillidos, los cuales se parecían al chirriar de la rueda de una carreta; los honoratos, escondidos en lo más espeso de las ramas, lanzaban a voz en cuello notas de barítono: do… mi… sol… do…; los cassichis piaban meciéndose en sus extraños nidos en forma de bolsa, suspendidos de las flexibles ramas de los mangos o en los extremos de las enormes hojas de los maots, y los graciosos pájaros moscas volaban de flor en flor, semejantes a joyas aladas, haciendo brillar a los primeros rayos del Sol sus plumas verdes, azul turquí y negras con reflejos de oro y cobre.

Algunas parejas de monos salidas de sus nocturnos escondrijos, comenzaban a aparecer, desperezándose y con el hocico vuelto hacia el Sol.

Generalmente eran de los llamados barrigudos, de sesenta a ochenta centímetros de estatura, de cola más larga que el cuerpo, con el pelo suave de color negro muy intenso en el lomo, grisáceo hacia el vientre, y con una especie de cabellera de crines entre los hombros.


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