El Corsario Negro
El Corsario Negro Bandadas de aves acuáticas indicaban la cercanÃa de una gran marisma y de un tremedal. VeÃanse muchas becasinas, anhingos de cuello tan largo y sutil, que ha servido para denominarlos «pavos serpientes». Tienen estas aves la cabeza pequeñÃsima, el pico, recto y agudo, y las plumas, sedosas y de reflejos plateados. VeÃanse además ánades de la sabana, más pequeños que las garzas y con las plumas de color verde obscuro, contorneados por un filete violáceo.
Comenzó el español a aminorar el paso por temor a que le faltase el terreno bajo los pies, cuando un poco más adelante se oyó un grito ronco y prolongado, seguido de un chapuzón y del rumor del agua movida.
—¡Agua! —exclamó.
—¡Pero además del agua me parece que por ahà anda algún animal! —dijo Carmaux.
—¿No has oÃdo?
—SÃ; el grito de un jaguar.
—¡Vaya un encuentro! —masculló Carmaux.
Se detuvieron poniendo los pies encima de algunos bambúes caÃdos, para no hundirse en el fango, y desenvainando los sables y las espadas.
El grito de la fiera no volvió a oÃrse; pero sà gruñidos muy bajos, que indicaban que el animal no estaba muy contento.
—Quizá esté pescando —dijo el catalán.