El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Solo?
—Parece como que espÃa algo.
—¿Está muy lejos?
—A unas sesenta o setenta varas.
—¡Vamos a verle! —dijo el Corsario con resolución.
—¡Tenga prudencia, señor! —le aconsejó el catalán.
—Si no nos cierra el paso, no seremos nosotros quienes le ataquemos. ¡Acerquémonos en silencio!
Descendieron de los bambúes, y marchando ocultos por entre los troncos de un gran grupo de árboles de la madera de cañón, avanzaron silenciosamente y con los sables de abordaje y las espadas desnudas.
Anduvieron unos cuantos pasos, y llegaron a la orilla de una amplia laguna que debÃa de extenderse mucho por el bosque.
Era una extensÃsima charca llena de agua fangosa; fango formado por las filtraciones y desagües de toda la selva. Las aguas, casi negras por la putrefacción de miles y miles de vegetales, exhalaban miasmas deletéreos muy peligrosos para los hombres, porque producen horribles calenturas.