El Corsario Negro
El Corsario Negro Engañado el caimán con aquel movimiento, y creyendo acaso que el jaguar se amedrentaba, se lanzó hacia adelante por medio de un poderoso golpe de cola, que tronchó las ramas de la victoria y levantó una gran oleada. Una vez en tierra, se paró de repente enseñando las terribles mandíbulas completamente abiertas.
Era un jacaré de cerca de cinco metros de largo, con el lomo cubierto de plantas acuáticas que brotaban del fango que tenía incrustado en las escamas óseas.
Se sacudió el agua que le inundaba lanzando en derredor millares de gotas, y en seguida se plantó sobre las cortas patas posteriores lanzando un grito que parecía el vagido de un niño, quizás el grito de desafío.
En lugar de atacarle, el jaguar dio otro salto hacia atrás y quedó recogido en sí mismo, dispuesto para la acometida.
El rey de los bosques y el rey de las lagunas se miraron en silencio durante algunos instantes, relampagueando ferozmente sus ojos amarillentos; al cabo, el primero dio un rugido de impaciencia, se erizó bufando como un gato enfadado.
Sin mostrar espanto, seguro de su prodigiosa fuerza y la solidez de sus dientes, el caimán subió resueltamente la orilla moviendo a derecha e izquierda su pesada cola.