El Corsario Negro
El Corsario Negro —Más bien me parece un casquete español —dijo el catalán—. ¿No ve usted que todavÃa conserva unas plumas en un lado?
—¿Quién le habrá tirado a ese pantano? —preguntó el Corsario.
—Yo creo que eso indica algo peor, señor —dijo el catalán—. O mucho me equivoco, o ese fango está formado por cierta arena movediza que no perdona jamás.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que quizás debajo de ese casquete haya algún desgraciado que ha sido tragado vivo por el fango.
—¡Vamos a verlo!
Se desviaron del camino que seguÃan y se dirigieron hacia aquella capa de fango, que tendrÃa una longitud de trescientos o cuatrocientos metros por otros tantos de anchura, y que parecÃa una laguna medio seca.
Pronto vieron que era uno de aquellos birretes y gorras de seda rayados de rojo y amarillo y adornados con una pluma que usaban los españoles.
Quedóse adherido al fango en el centro de un hoyo que tenÃa la forma de un embudo y cerca veÃanse como cinco palitos de un color que hizo estremecerse a los filibusteros.
—¡Los dedos de una mano! —exclamaran Carmaux y Wan Stiller.