El Corsario Negro
El Corsario Negro Recogieron las armas y los pocos vÃveres que tenÃan, y volvieron a emprender la marcha, siguiendo las orillas de la laguna, que continuaban libres de árboles grandes.
El calor era intenso, y se sentÃa mucho más por la falta de sombra; pero los filibusteros, acostumbrados a las altas temperaturas del Golfo de México y del mar Caribe, no experimentaban gran molestia. Sin embargo, humeaban como yacimientos de azufre, y sudaban tan profusamente que a los pocos pasos llevaban las ropas empapadas.
Además, las aguas de la laguna, heridas de plano por el Sol, producÃan reflejos cegadores que les lastimaban dolorosamente los ojos. Por otro lado, se elevaban miasmas peligrosos bajo la forma de ligeras nubecillas de neblina que podÃan ser fatales, pues producen las temidas fiebres de los bosques.
Por fortuna, a eso de las cuatro de la tarde vieron ya el extremo opuesto de la sabana, la cual se prolongaba por medio del gran bosque en forma de cuello de botella.
Los filibusteros y el catalán, que caminaban con gran brÃo a pesar de hallarse muy fatigados, iban a doblar hacia la floresta, cuando el negro, que marchaba a retaguardia, les señaló una cosa roja que se veÃa en la superficie de un pantano verdusco, el cual se alargaba hacia la sabana.
—¿Un pájaro? —preguntó el Corsario.