El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Y por qué supones eso?
—Por lo rápido de su marcha. De otro modo ya debÃamos haberlos alcanzado.
—Es que hay un motivo muy apremiante que obliga a apresurarse a Wan Guld.
—¿Cuál, señor?
—El temor de que caiga sobre Gibraltar el Olonés.
—¿Querrá intentar el asalto de esa plaza? —preguntó con inquietud el catalán.
—¡Quizás! ¡Veremos! —contestó de un modo evasivo el Corsario.
—Si eso sucediera, yo no combatirÃa nunca en contra de mis compatriotas, señor —dijo con emoción el catalán—. Un soldado no puede volver sus armas contra una ciudad en cuyos muros ondea la bandera de su paÃs. Mientras se trate de Wan Guld, que es un flamenco, estoy dispuesto a ayudar a usted; pero nada más. Si han de exigirme otra cosa, prefiero que me ahorquen.
—Admiro tu afecto y tu devoción hacia tu patria —contestó el Corsario Negro—. En cuanto hayamos alcanzado a Wan Guld te dejaré en libertad para que vayas, si quieres, a defender a Gibraltar.
—¡Gracias, señor! Hasta ese momento estoy a su disposición.
—Entonces, pongámonos en marcha, o no vamos a poder alcanzarle.