El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Aquellas plantas despedían al arder un olor tan acre, que el pobre filibustero lloraba. A pesar de todo resistía filosóficamente, y se dejaba ahumar a conciencia.

Al cabo de media hora, y no sintiendo ya sino ligeramente el olor de las glándulas del zorrillo, decidió dar por terminada la operación y se dirigió hacia el campamento, donde se hallaban ocupados sus compañeros en partir una gran tortuga que lograron sorprender en las orillas de la laguna.

—¿Se puede? —preguntó—. ¡Creo que ya me he fumigado bastante!

—¡Adelante! —contestó el Corsario—. Estamos acostumbrados al olor del alquitrán y podemos tolerar el que despides; pero supongo que te guardarás de perseguir en adelante a los zorrillos.

—¡Por cien mil tiburones! ¡Apenas vea uno, me pondré a tres millas de distancia: se lo prometo, Comandante! ¡Primero me las entiendo con un jaguar!

—¿Estabas adentro del bosque cuando hiciste fuego?

—Supongo que no se habrá oído muy lejos el sonido de la detonación —contestó el catalán.

—¡Sentiría que los fugitivos sospechasen que los perseguimos!

—Pues yo creo que tienen la seguridad de que es así, Capitán.


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