El Corsario Negro
El Corsario Negro Ya cerca del campamento encontraron a Wan Stiller, que habÃa salido a su encuentro creyéndolos ocupados en arrastrar alguna pieza demasiado pesada para sus fuerzas. Al percibir el olor que despedÃa Carmaux, echó a correr tapándose las narices.
—¡Ahora todos huyen de mà como si tuviese el cólera! —dijo Carmaux—. ¡Concluiré por tirarme a la charca!
—¡No conseguirás nada! —dijo el catalán—. Detente ahà y espera que yo vuelva; si no, vas a concluir por apestar a todos.
Carmaux hizo un gesto de resignación y se sentó al pie de un árbol, lanzando un suspiro.
Después de informar al Corsario de la cómica aventura, el catalán fue al bosque con el africano y cogió algunos brazados de ciertas sarmentosas, que depositó a unos veinte pasos de Carmaux, y les puso fuego.
—¡Déjate ahumar un poco para desinfectarte! —dijo escapando y riendo a un tiempo—. ¡Te esperaremos para comer!
Carmaux, resignado, fue a exponerse a la acción del humo densÃsimo que salÃa de aquellos sarmientos, resuelto a no alejarse de allà hasta que hubiese desaparecido el nauseabundo olor de que estaba impregnado.