El Corsario Negro
El Corsario Negro Puesto el dedo en el gatillo del fusil, con los ojos bien abiertos y aguzados los oÃdos, el catalán, el Corsario, los marineros y el negro seguÃan penetrando cautamente por la espesura, yendo uno tras otro.
Mirando a los grupos de árboles, a las enormes matas, a las inmensas hojas, a las masas de lianas y raÃces, prontos a disparar las armas sobre el primer indio que se hubiera atrevido a aparecer.
Nada habÃa vuelto a turbar el profundo y pavoroso silencio que reinaba en la floresta desde que se oyeron las señales; mas, a pesar de eso, ni el Corsario ni sus compañeros se creÃan seguros de un ataque imprevisto, sino todo lo contrario.
Instintivamente comprendÃan que aquellos enemigos que tanto cuidado tenÃan en no mostrarse debÃan de andar cerca.
Llegaron a un paso bastante más intrincado que los otros y muy obscuro, cuando se vio que el catalán se agachaba de pronto, y que en seguida corrÃa a guarecerse detrás del tronco de un árbol.
Por el aire se escuchó un ligero silbido, y una caña delgadita, atravesando las hojas, fue a clavarse en una rama que se hallaba a la altura de un hombre.
—¡Una flecha! —gritó el español—. ¡Cuidado!
Carmaux, que estaba detrás de él, disparó su mosquete.