El Corsario Negro
El Corsario Negro El marinero, que era un magnífico tirador, pues ejerció el oficio de bucanero durante algunos años, apuntó al fusil en dirección del grupo de árboles, procurando distinguir al indio que tocaba o de descubrir algún sitio donde se moviesen las hojas, y disparó, pero a la ventura.
A la ruidosa detonación siguió un grito, que se cambió en seguida en una carcajada.
—¡Muerte del Diablo! —exclamó Carmaux—. ¡Has errado el golpe!
—¡No se reiría si hubiera podido verle la cabeza!
—¡No importa! —dijo el Corsario—. ¡Ya saben ahora que llevamos armas de fuego y tendrán más cautela! ¡Adelante, marineros!
La selva se había hecho sombría y salvaje. Un verdadero laberinto de árboles de gigantescas hojas, de lianas y raíces monstruosas aparecía confusamente ante los ojos de los filibusteros, porque los rayos del Sol no conseguían penetrar a través de la espesura.
A pesar de eso se sentía un calor intenso y húmedo, como de invernadero, que hacía sudar copiosísimamente a aquellos hombres tan animosos que querían atravesar la enorme selva.