El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Si Wan Guld cree que van a poder detenernos los indios, se equivoca mucho! ¡Seguiremos adelante, a despecho de todos los obstáculos!
—¡No abandonemos esos árboles protectores, señor! ¡Es probable que estén envenenadas las flechas de esos caribes!
—¿De veras?
—Suelen envenenarlas, como los salvajes del Orinoco y del Amazonas.
—¡Pero aquà no podemos estar eternamente!
—Lo sé; mas, sin embargo, no podemos exponemos a un flechazo.
—Patrón —dijo en aquel momento el negro—, ¿quiere usted que vaya a reconocer aquellas espesuras?
—No, porque te expondrás a una muerte segura.
—¡Silencio, Comandante! —dijo Carmaux—. ¿Oye usted?
En lo más espeso del bosque resonaron algunas notas de flauta. Eran sonidos tristes, monótonos y tan agudos, que debÃan oÃrse a gran distancia.
—¿Qué significa eso? —preguntó el Corsario que comenzaba a impacientarse—. ¿Será una señal para retirarse, o para acometer?
—Comandante —dijo Carmaux—, ¿me permite usted que le dé un consejo?
—¡Habla!